NUESTROS CELTAS
(Con filtros romanos)
En
la entrada de su chozo, sentados bajo la chaparra, se dispusieron a comer, Lucius
“el Pelirrojo”, su sobrina Bolosa y el novio de ésta, Camali.
Muy pronto, Bolosa intuyó que aquella noche iba a ser especial.
Lucius Julius estaba muy callado para lo que él era. Parecía pensativo, y como
buscando la forma de decirles algo importante. Y así fue. Después del primer
bocado, bajando su voz para que no se enteraran los de los otros chozos, les
dijo su último deseo antes de morir. Había vuelto herido de la guerra y sabía
que le quedaban pocas noches.
Comenzó diciéndoles que, como sabían, había
estado trabajando la lápida de su hermano mayor, Ambati, padre de Bolosa. Ya
la habían colocado en su tumba, justo en el límite de la ribera izquierda de la Rivera, junto a la de Tonci, su
padre.
También para su padre le hubiera gustado labrar una lápida. Pero no iba a tener tiempo. La gangrena de su pierna derecha se la iba comiendo. Fue entonces cuando les hizo prometer a los dos que labrarían una estela para su tumba.
Para hacerla, les señaló una
piedra que estaba detrás de la choza del druida, que trajo su padre de la mina
de Valdeyerro. En la que, aunque muy dura, iba a ser fácil labrar las letras
que él les iba a decir.
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Lucius-Julius |
Siguió contándoles que fue el primero en ver las blancas y frías sierras del norte que sus antepasados tuvieron que cruzar hasta encontrar esta fértil tierra, a las faldas del sagrado “Mons Salus”. Que él era el único de la aldea que sabía escribir en la lengua de los romanos.
Lucius murió ese verano. Antes de que llegara el invierno, Camali ya le había colocado la piedra con la inscripción en su sepultura, junto a las de su hermano Ambatus y la de su padre, Toncio.
Por primavera, Camali y Bolosa tuvieron una alegre niña, a la que pusieron por nombre Amoena (Amena). Pero su alegría duró poco en la familia Ambatus. Se la llevó la rivera dos años después, una mañana que Bolosa bajó a lavar. Una avenida traicionera arrastró a madre e hija hacía el gran río. Ese río del que tantas noches les había hablado su tío Lucius. El río de la gran aldea en la que la gente vivía en casas maravillosas, con dibujos de colores en paredes y suelos.
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En su recuerdo, Camali labró
otra piedra. La trajo de muy lejos Del cabezo de “Nuqalis”, al otro lado de la
Rivera. Una auténtica lápida. Una piedra Plana y lisa como no hubo otra. En
ella grabó sus nombres y linaje, deseándoles un descanso eterno.
Como
quería Lucius, 2.000 (MM) años después, una tarde de febrero del año 26 del III
milenio, un ganadero descendiente de celtas gallegos, *Tonci Carbaio, halló
estos textos en las tierras que en otros tiempos fueron Nogales. Los textos más
antiguos hasta la fecha conocidos.
(* Juan Antonio Carballo Sayago)